Margenes de la Memoria | El cuento de nunca acabar
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El cuento de nunca acabar

El cuento de nunca acabar

23 Nov El cuento de nunca acabar

El relato de la historia familiar se componía de la historia oficial de la familia materna, del silencio de la familia paterna y de mi incapacidad para no saber contar mi propia historia.

Desde que Mateo era muy pequeño, le relajaba que le contaran historias, daba igual si era ficción o real, pero exigía que tenía que estar bien contada. En esos momentos antes de dormirse donde los niños intentan alargar el día incluso contando lo que han hecho, me pidió una noche que le contara “un capítulo de cuando tú eras pequeña.”

Se convirtió en un hábito que implicaba realizar un ejercicio de memoria para poder contarle cosas divertidas, y al mismo tiempo puso en evidencia la cantidad de invenciones que había hecho para rellenar tantas lagunas sobre mi historia.

No podía contarme mi propia historia, y para disimular daba los datos que creía certeros, pero que provocaban una narración inconexa, mal contada, que me provocaban enfadarme con el interlocutor por ponerlo en evidencia.

Tanto mi familia materna como la paterna han conservado documentos de todo tipo que he heredado (los documentos y la costumbre de guardarlos). Las razones por las cuales mi familia materna conserva desde servilletas de confiterías, poemas, cartas de amor y desamor, la esquela de la muerte de Evita o el costo económico del primer año de vida de su primogénita, son una mezcla entre fetichismo y la devoción cristiana que enseña que las Escrituras son Sagradas para tener la hegemonía del relato histórico.

Mi familia paterna es gran consumidora de información (mi abuela Nilda lo primero que lee del periódico son las necrológicas, a ver si está ella), pero sobre todo tuvieron que empezar a conservar documentación por necesidad el día que la dictadura secuestró a mi padre. Cartas a Agosti, Habeas Corpus, recortes de prensa de la época con listas de personas “presuntamente desaparecidas”… Seguramente sin saber que esos documentos un día serían una prueba de aquella parte de la historia que los responsables negaban.

Ambas coinciden en el gusto que tienen las familias de emigrantes de guardar documentos de los ascendentes, como calificaciones escolares de 1885 o postales de los parientes que quedaron del otro lado del charco, además de realizar viajes a las tierras de origen, siendo en nuestro caso un gusto muy caro por tener que recorrer lo que va desde Arribillaga, Ferrari, Donnelly, Basualdo hasta García.

Y ambas generaron documentos exclusivos en su relación conmigo: las cartas que me mandaban desde Argentina, que llegaban en forma de cajas de papel que tenía que armar o reflejar en un espejo para poder leerlas.

Hace años, con el título de Documentalista guardado en un cajón, mi padre me regaló lo que desde entonces es mi Biblia: “El cuento de nunca acabar” de Carmen Martín Gaite. Tuve la certeza de la importancia de contarse a una misma bien su propia historia, una historia verdadera, y de los documentos para reelaborar el relato. Por supuesto, incluso con los documentos que mienten o elipsis de años, porque están contando otra verdad.

Como dice Carmen, sacar la historia vieja adelante es también salir hacia delante nosotras, y aunque descifrarla requiere desdoblamiento trabajoso al que nos resistimos porque desdibuja nuestro protagonismo como pacientes de ella, nos regala otro protagonismo más estimulante a la larga: pasar de narrador-víctima a narrador-testigo.

Esa labor me llevó a leer los diarios que mi abuelo materno empezó a escribir en 1945, los diarios que escribía mi abuela Clementina durante el mes que duraba el viaje en barco, cartas, a revisar documentos personales donde abundan pasaportes, billetes de avión, tren y barco, partidas de nacimiento, de defunción, testamentos… y sobre todo a preguntarle a mis padres. Compartir la memoria es muy difícil, además de lo doloroso de revivir hechos que les hicieron alejarse tanto de sus bases, perder a tanta gente querida y el sentido de la vida que luego tuvieron que recomponer para que no se tratara unicamente de sobrevivir.

En todos los casos, el ejercicio de memoria colectiva alivia y ayuda a trasladar lo padecido al plano de lo explicado.

De todos los documentos que fui conservando y descifrando, tengo clavados tres, que son los que he perdido: una carta de mi abuelo Adolfo donde me contaba en qué consistía un juego de su infancia llamado “subiría”, una carta de mi padre donde me contestaba que no podría irme a vivir con él y el primer cuento que escribí , a los siete años.

Durante todo este tiempo, con el conocimiento del trabajo de Memoria y Verdad que se empezó a hacer en Argentina y mi vocación de servicio, busqué ese mismo proceso en España. Primero desde el ámbito académico, pero la censura y la distancia con la calle me llevaron de cabeza a ésta, donde están los relatos en primera persona, de todas esas personas que han sido ocultadas de la historia oficial y a las que ni siquiera se deja acceder a la documentación que la dictadura elaboró sobre ellas.

He vuelto al Valle del Baztán por tercera vez, desde aquella primera hace 20 años con mi abuelo Adolfo, mi abuela Nilda, mi padre, Julieta y mi hermano Tadeo. Fue un viaje para buscar los lugares desde donde aquellos vascos cambiaron esas montañas por la Pampa, y para buscar en los archivos eclesiásticos rastros de nuestros antepasados. Encontramos tumbas, nada que pudiera justificar la herencia de tierras y descubrimos que éramos aquel postre que nos inventamos: cuajada con dulce de leche.

En este último viaje me perdí literalmente en el monte. Creí que estaba en el mismo lugar que entonces, entre robles, helechos y el sonido del río constante. Aquel monte tenía de pronto senderos en forma de “subiría”, no entendía si los que te lleva al claro son los caminos que suben o los que bajan y la angustia de pensar que estás en el mismo lugar te llega fría al pecho.

Justo en ese momento, me paré y presté atención a las dimensiones del bosque. O de la vida.